miércoles, 18 de abril de 2007

Reflexiones sobre el estamento católico (II)

La última disputa es su oposición a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, una propuesta que trata de profundizar en lo que Aristóteles definía como la virtud pública. Porque ese reflejo laico, por imperfecto que sea, profundiza en la libertad de creer. Creer en la religión que más satisfaga a cada uno o en vivir sin ataduras preestablecidas.

Demasiado peligroso para la Conferencia Episcopal, que atisba en esta asignatura una pista más que descubra su engaño: España ya no es una sociedad aglutinada entorno a su fe. Ya no sirve trasladar su moral como termómetro de la sociedad. Una sociedad en libertad se define por la heterogeneidad de sus miembros. No sólo hay que pensar en la diversidad que aporta la inmigración porque ni siquiera los católicos son ya una masa homogénea.

No deja de ser curioso que los portavoces de la Iglesia que hacen oír sus quejas por las supuestas ingerencias del Estado en la fe católica son los mismos que se levantan pidiendo mano dura contra otras confesiones o cualquier otra muestra de que se puede ser feliz sin seguir su preceptos.

En una sociedad crecientemente compleja la única solución satisfactoria es el programa de mínimos que defiende el laicismo. El acuerdo para otorgar la independencia al Estado respecto de cualquier religión y así asegurar la elección individual. Asegurar un sistema que establezca como punto de referencia al individuo para alcanzar la felicidad y la libertad para cada uno de nosotros, sin imponer nuestros prejuicios y sin permitir que los de otros los impongan.

Sin duda, una solución compleja que sólo puede ser resuelta por cada sociedad en su tiempo, pero en conjunto más satisfactoria que la propuesta de aquellos que defienden el imperio de la verdad, porque inevitablemente se refieren a la suya como moralmente superior.

En definitiva, cada uno en su casa y la Libertad en la de todos.

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